martes, 10 de marzo de 2015

Una consecuencia de la derrota neonazi en Ucrania: la batalla entre oligarcas

 

Alberto Cruz

CEPRID

 

 

El capitalismo oligárquico tiene el control absoluto de Ucrania. Tras la desaparición de la URSS en Ucrania, como en otros países ex socialistas, se produjo una especie de "selección natural" en la que los oligarcas fueron devorando uno tras otro los bienes del Estado y las pequeñas y medianas empresas que se habían puesto en marcha con la perestroika y la glasnost. Los oligarcas llegaron a un acuerdo tácito de reparto de poder territorial y económico hasta el punto que el 80% de la economía del país, en términos del Producto Interior Bruto, está en sus manos.

Pero eso ha durado hasta la debacle estratégica que para la junta neonazi de Kiev ha supuesto la derrota de Debáltsevo. Esta derrota política y militar ha encendido las alarmas de los oligarcas, que ya no confían en la junta neonazi que encabeza Poroshenko para derrotar al Donbás y ahora comienzan a devorarse entre ellos. Esta es una de las principales consecuencia de la ejemplar lucha antifascista y antioligárquica de las milicias de Donetsk y Luganks aunque, por el momento, como diría Chávez, no hayan tocado los principales intereses de los oligarcas locales.

En estos días se están viendo inusitados movimientos de los oligarcas que están utilizando su poder e influencias en la Rada (Parlamento) de Kiev –el penúltimo caso conocido es el de las tierras fértiles, que están siendo transferidas a los oligarcas y a las compañías transnacionales de semillas (como Monstanto)-y en las administraciones territoriales que controlan, como es el caso de Dnepropetrovsk (controlado totalmente por el oligarca Kolomoiski, el principal financiador de los batallones nazis), en los tribunales (donde se están dictando sentencias muy sospechosas sobre los intereses de tal o cual oligarca) e, incluso, con asesinatos de por medio de hombres de confianza de unos u otros. Es el caso de Valentina Semeniuk, que fue jefa del Fondo de Bienes del Estado y de su colega en este organismo MIjail Chechetov, que habían iniciado una tímida investigación sobre el proceso de privatizaciones de Ucrania y a quiénes estaba beneficiando. La primera fue asesinada el 27 de agosto de 2014, el segundo el 28 de febrero de este año.

La lucha se está dando, principalmente, entre cuatro grandes oligarcas: Poroshenko, Firtash, Ajmetov y Kolomoiski, que ya han despedazado a otros oligarcas menores como Novinski, Ivayushchenko, Khmelnitski o Kliuyev a quienes acusaban de haber apoyado al depuesto Yanukovich.

Ajmetov es el mayor oligarca local de Ucrania, con muchos de sus intereses y empresas en el Donbás, sobre todo en Donetsk, aunque no solo. Su fortuna está estimada en 13.000 millones de dólares. Desde que comenzó la guerra, hace casi un año, Ajmetov ha jugado a dos bandas, traicionando a las milicias cuando lo ha considerado oportuno (por ejemplo, poniendo sus empresas en Mariupol al servicio de la junta neonazi) y enviando convoyes humanitarios a Donetsk cuando pretendía congraciarse con las milicias que, en los inicios de la crisis, allá por el mes de mayo de 2014, protegieron sus intereses en la zona incluso militarmente. Pero este doble juego no le ha servido a Ajmetov para mantener su poder a nivel de Ucrania: según el índice de multimillonarios del mundo que maneja Bloomberg, Ajmetov ha pasado del puesto 88 al 121, habiendo perdido desde mayo de 2014 a febrero de 2015 el equivalente a 4.300 millones de dólares.

Por lo tanto, sólo quedan tres grandes oligarcas en liza. Pero la debacle de Debáltsevo está pasando fracura a Poroshenko, como presidente del país, y a Kolomoiski, instigador de la matanza de Odesa y financiador de los batallones nazis como el "Azov" y el "Donbás". Las acciones de las empresas de Kolomoiski en hidrocarburos han bajado entre el 25% y el 27% desde la debacle de Debáltsevo; las compañías que estaban dispuestas a comprar acciones de las empresas de gas y petróleo de Kolomoiski ahora se están echando para atrás esperando una mayor bajada puesto que se espera que puedan ser hasta un 40% más baratas. Kolomoiski, financiador también de los partidos que concurrieron a las elecciones dentro de la coalición Frente Popular (Turchinov, Yatseniuk), logró que la Rada aprobase una ley por la que se reducía entre el 28% y el 55% el pago de impuestos a las empresas petroleras y gasísticas dependiendo de la profundidad a la que explorasen o explotasen el crudo. En total, el mismo portal Bloomberg estima que Kolomoiski ha perdido unos 250 millones de dólares desde la liberación de Debátsevo por las milicias.

Ni qué decir tiene que Kolomoiski, gobernador de la región de Dnepropetrovsk desde marzo de 2014 -nombramiento dirigido por el primer ministro Yatseniuk, a quien el oligarca ha financiado en estas elecciones- no ha impuesto ni una norma en ese sentido en el territorio que controla. Kolomoiski es uno de los más brillantes ejemplos de cómo los oligarcas chupan sin el menor escrúpulo del presupuesto estatal y se lucran con él. Cuenta con acciones en la compañía de petróleo y gas de Ucrania, Naftogaz y, en la realidad, y a través de sus empresas subsidiarias, como por ejemplo Ukranafta, la controla. Si Kolomoiski dice que hay que quitar a cual cargo, se quita. Si dice que hay que poner a tal otro, se pone. Esto ocurrió el 16 de diciembre de 2014 en la reestructuración de Naftogaz.

Aún así, Kolomoiski ha perdido unos 2.000 millones de dólares desde que comenzó la guerra contra el Donbás, según estima la revista Forbes, pasando ahora a tener una fortuna de “sólo” 1.300 millones de dólares. Sólo tras la liberación de Debátsevo por las milicias la pérdida de su fortuna fue de 250 millones de dólares, como he dicho antes. Kolomoiski es despiadado y tiene un instrumento muy poderoso: los batallones nazis a los que financia. Habrá que ver cómo los utiliza para recuperar poder.

Quedan Poroshenko y Firthas. Poroshenko controla las principales empresas de confitería (de ahí lo de “rey del chocolate”), pero también de automóviles, autobuses, al menos un astillero y es propietario del Canal 5 de televisión. Su posición política tras las cesiones que ha tenido que hacer en el nuevo acuerdo de Minsk se está debilitando cada día y eso repercute en su cuenta corriente. Según Forbes, su fortuna ya está por debajo de los 1.000 millones de dólares y ha bajado ni más ni menos que 284 puestos en la lista de millonarios del mundo. Es por eso que, como muestra curiosa y que deja bien a las claras qué es el capitalismo, sus empresas de chocolate están vendiendo sus productos en Rusia con la cinta de San Jorge, que él mismo ha prohibido en Ucrania. Es ilegal y se apalea y/o detiene a quien la porta. Es un tipo sin escrúpulos, pero ahora muy débil. Salvo en su televisión, los ataques contra él en el resto de medios de propaganda van a ir horadando su imagen y sus negocios poco a poco, como una gota malaya.

Firthas es caso aparte, con una fortuna estimada en 1.000 millones de dólares. Controla la industria química (sobre todo de los fertilizantes), el sector de los bienes raíces y también controla una televisión (Mega) en Ucrania junto a otra (Zoom) en la India. Aparentemente no se ha significado tanto en la situación política como los oligarcas anteriores –tal vez porque tiene importantes intereses en Crimen, donde están comenzando a nacionalizarse las industrias y bienes ucranianos como salas de cine, empresas de telefonía e industria militar- y en varias ocasiones ha hecho llamamientos para una solución pacífica del conflicto en el Donbás.

La lucha ahora es entre ellos. Ucrania está en una situación en la que es ya, y a pesar de los esfuerzos occidentales y del FMI, un estado en bancarrota. Quien hace de primer ministro, el neonazi Yatseniuk, ha reconocido que la economía ha sufrido una reducción del 20% en 2014. El grivna, la moneda ucraniana, se está depreciando como nunca tras la derrota de Debáltsevo. Hoy vale el 70% menos que en noviembre de 2014. Aunque lo oculte la junta neonazi, hay hiperinflación (el 24’9%) y comienza la escasez de productos básicos tanto por falta de suministros como por acaparamiento de los especuladores puesto que los aumentos van desde el 25% en las bebidas no alcohólicas al 56% de las frutas o el 77% de los cereales. Las tiendas están vacías y las protestas son reprimidas. El 89% de la población siente la crisis económica y la crisis social. Hay un aumento de la criminalidad común (según la Fiscalía General, más de un millón de delitos en 2014), la mitad de los ucranianos tienen una suspensión de pagos en algo (luz, agua, etc). Como se han acelerado las privatizaciones (consecuencia de la entrada en escena del FMI y su paquete de “ayuda” de 17.500 millones de dólares concedido tras los nuevos acuerdos de Minsk) los servicios médicos han aumentado su coste entre el 17% y el 30%; las tarifas de servicios básicos como luz, agua y gas han subido el 34’3%; los sueldos y las pensiones se han congelado…(1)

Con este panorama, la batalla entre los oligarcas va a ser mucho más sangrienta que la que se ha producido en el Donbás. Se van a devorar entre ellos en un proceso de selección natural que va a decantar el futuro del país, forme parte de él o no el Donbás.

Nota:

(1) http://korrespondent.net/ukraine/events/3483908-yz-za-rosta-tsen-ukrayntsy-opustoshauit-mahazyny

 

Alberto Cruz es periodista, politólogo y escritor. Su nuevo libro es “Las brujas de la noche. El 46 Regimiento “Taman” de aviadoras soviéticas en la II Guerra Mundial”, editado por La Caída con la colaboración del CEPRID.

Fuente original: http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article1970

 

martes, 3 de marzo de 2015

Salir del euro o suicidio político

Héctor Illueca Ballester

Rebelión

 

 

Erich Fromm, uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX, percibió nítidamente el potencial destructivo de la economía de mercado cuando no está sometida a límites que amortigüen o corrijan las desigualdades sociales. Reflexionando sobre los orígenes del fascismo, el gran humanista alemán encontró en el capitalismo desregulado la semilla de las fuerzas destructivas que acabaron desencadenando la II Guerra Mundial. Su acertado razonamiento puede resumirse como sigue: despojado de cualquier protección ante el mercado, el individuo interpreta el mundo como algo profundamente hostil y ansía someterse a una persona o a un poder externo con el fin de superar su sensación de impotencia y soledad, llegando incluso a desprenderse de la libertad. Durante los años treinta, las clases medias se vieron envueltas en una espiral de proletarización y dieron rienda suelta a sus impulsos masoquistas para superar el sentimiento de inseguridad que el libre mercado infunde al ser humano. No es casual que una de las principales obras de Erich Fromm se titulara El miedo a la libertad y que viera la luz en 1941, durante la conflagración bélica.

Lamentablemente, desde que empezó la crisis económica la Unión Europea parece empeñada en recrear las condiciones que hicieron posible aquella catástrofe, aprovechando las dificultades económicas de los países periféricos para imponer rigurosos planes de ajuste basados en la reducción del gasto público y la desregulación del mercado de trabajo. Grecia constituye un ejemplo paradigmático de esta estrategia política, habiendo sufrido en sus propias carnes y mediante sucesivas oleadas la violenta destrucción del sistema de relaciones laborales vigente en el país heleno. O, por decirlo con más claridad, la intervención europea en Grecia, programada y dirigida por el Estado alemán, ha desatado la explotación capitalista de la fuerza de trabajo, alumbrando un modelo neodarwinista de relaciones laborales en el que predominan la inseguridad, la incertidumbre y la amenaza permanente del desempleo. Anotemos de pasada que este proceso no es exclusivo de Grecia, sino que, en mayor o menor medida, se extiende a todos los países que han necesitado la asistencia financiera de las instituciones comunitarias. Grecia es un laboratorio de las políticas de austeridad.

Veamos. Una de las primeras medidas que se exigieron a Grecia a cambio del rescate financiero fue el desmantelamiento de la negociación colectiva y su sustitución por acuerdos individuales entre empresarios y trabajadores. Como no podía ser de otra forma, la abolición de los convenios colectivos provocó una violenta devaluación salarial que, según la Inspección de Trabajo griega, alcanzó un 20 por ciento durante el primer mes de vigencia de la nueva normativa. Por si ello fuera poco, a principios de 2012 el salario mínimo interprofesional se redujo de 877 a 684 euros, estableciendo cantidades inferiores para determinados grupos etarios, como los jóvenes menores de 25 años. De la noche a la mañana, centenares de miles de trabajadores quedaron a merced de las empresas y experimentaron una brutal reducción salarial que les privaba de poder llevar una vida digna y satisfacer sus necesidades básicas. En este contexto, no puede extrañar que la primera medida adoptada por el Gobierno de Alexis Tsipras haya sido precisamente elevar el salario mínimo a 751 euros mensuales, restableciendo parcialmente el poder adquisitivo de la población trabajadora.

Paralelamente a lo anterior, los procedimientos de despido han sido ampliamente flexibilizados y se han reducido las indemnizaciones, abrogando de facto el derecho a la estabilidad en el empleo como principio vertebrador del Derecho del Trabajo. La contratación temporal se utiliza indiscriminadamente y la degradación de las condiciones de trabajo se extiende a todos los ámbitos del sistema laboral. Según un informe del Ministerio de Trabajo heleno, la economía sumergida se ha multiplicado a pesar de la flexibilización laboral, estimando que el 36,3 por ciento de los trabajadores carecen de contrato de trabajo. En el sector de la hostelería, el porcentaje de trabajadores que no han sido dados de alta en la Seguridad Social alcanza el 65 por ciento. En definitiva, el abaratamiento del despido, la desarticulación de la negociación colectiva o la reforma del sistema de pensiones han quebrado el espinazo del Derecho del Trabajo griego y han acelerado la individualización de las relaciones industriales, abonando el predominio de la precariedad laboral y la economía política de la inseguridad.

Partiendo de esta base, e l ascenso de un partido neonazi como Amanecer Dorado no puede atribuirse al azar o la casualidad. Tal y como advirtió Fromm, la institución de un mercado autorregulado propicia y fomenta la emergencia de fuerzas antidemocráticas que se nutren de la amargura y la inseguridad generadas por la precariedad laboral. La desregulación del mercado de trabajo ha disparado los temores e inseguridades de las clases medias, que están viviendo la crisis como un verdadero terremoto social y cultural. Ahora bien, condenarlas por reaccionar de este modo constituye un ejercicio de hipocresía que oculta el protagonismo del mercado laboral flexible en la movilización de sentimientos irracionales y extremistas hacia el ámbito político. Las auténticas culpables del resurgimiento del fascismo en Europa son las élites políticas y financieras que han impuesto políticas neoliberales orientadas hacia la mercantilización plena del trabajo humano, liberando fuerzas sociales de enorme poder destructivo que creíamos erradicadas para siempre.

Llegados a este punto, hay que concluir que el nuevo Gobierno griego no puede ceder a las presiones europeas y renunciar a su programa electoral, so pena de arruinar su futuro político y allanar el camino a la extrema derecha. Las encuestas de opinión pública realizadas tras las elecciones ponían de manifiesto que el 70 por ciento de la población apoya al nuevo ejecutivo, lo que prácticamente duplica los resultados electorales obtenidos por Syriza. El pueblo griego percibe con claridad que este partido es el único capaz de encender un rayo de esperanza en el país, pero es seguro que no soportará una nueva traición. Los medios de comunicación, en su mayoría propiedad de los sectores más conservadores, han alimentado un peligroso clima de xenofobia que podría transformarse fácilmente en un impulso extremista y antidemocrático. Si llegase a producirse, sería el fin de Syriza y haría muy difícil cualquier posibilidad de cambio en los países del sur de Europa durante un largo período de tiempo.

Alexis Tsipras no puede ignorar que Grecia y Alemania se encaminan a una colisión frontal. El acuerdo alcanzado con el Eurogrupo el día 20 de febrero ha permitido ganar tiempo al Gobierno griego, amén de otorgarle ciertas ventajas desde el punto de vista político y presupuestario. Pero Grecia necesita liberarse de la deuda para relanzar la economía, desarrollar la inversión y reconstruir un mercado de trabajo más equitativo e inclusivo. Así que desengáñense: Alemania no cederá. Si lo hiciera, su credibilidad se vería afectada y más temprano que tarde tendría que efectuar nuevas concesiones a los países de la periferia, abriendo la puerta a transferencias fiscales que harían insoportable su contribución a la Unión Europea. El compromiso parece imposible y la ruptura inevitable. Durante los próximos cuatro meses, Grecia debe prepararse para abandonar el euro y escapar del neoliberalismo que ha llevado a este país al borde de la barbarie.

Héctor Illueca Ballester es Doctor en Derecho e Inspector de Trabajo y Seguridad Social.